Dudar está de moda. Ser el que no cree en nada te hace ver “inteligente”. O al menos eso piensas. Porque claro, cuestionarlo todo, negar todo y mirar por encima del hombro a los “creyentes”, los “manipulados” y los “borregos”, te da cierto aire de filósofo de café.
Pero déjame reventarte la burbuja: si ya decidiste no creer en nada, entonces ya creíste en algo. Felicidades, acabas de inventar una religión. Se llama “no creo en nada”, y tú eres su profeta.
El escepticismo absoluto no es pensamiento crítico. Es pensamiento perezoso disfrazado de intelectualidad. Es como el niño que dice “no” a todo solo para llevar la contraria. Solo que en versión adulta, con barba, gafas, o peor aún: perfil de Twitter.
No creer en nada no te hace sabio. Te hace predecible.
El que realmente piensa, duda, sí… pero también acepta. Acepta provisionalmente, acepta lo razonable, acepta lo imperfecto. El que niega todo vive atrapado en su propio eco. Y eso, amigo mío, no es libertad mental. Es una jaula.
Pero aquí viene lo mejor: los escépticos radicales no cuestionan su propio escepticismo. Jamás. Eso es intocable. Su única certeza es que no hay certezas. Una contradicción de la que nunca te hablarán.
¿Y sabes por qué? Porque admitirlo sería como quemar su propio templo.
Pensar cansa. Negarlo todo es más cómodo.
En el fondo, negar es fácil. No requiere esfuerzo. Pensar de verdad es mucho más incómodo. Pensar de verdad te obliga a aceptar que algunas cosas, aunque no te gusten, podrían ser ciertas.
Pero claro, es más cómodo decir “todo es mentira” y quedar como el “despierto” del grupo.
Lo curioso es que no lo estás.
Eres un creyente más. Solo que tu dios es la duda, y te arrodillas ante ella cada vez que dices: “yo no creo en nada”.















Leave a Reply