Por Ivan Gomez
Hay una ironía deliciosa —y amarga— escondida en la espiritualidad humana: el hombre actual cree que busca a Dios, pero en realidad solo anda buscándose a sí mismo. Es un peregrino que no camina hacia lo sagrado, sino hacia su propio reflejo pulido por la emoción, el confort y la necesidad de sentirse especial.
Hoy el individuo no se entrega a una fe: la consume.
Entra a una iglesia como quien entra a un spa emocional, esperando salir perfumado de alivio. Y lo más gracioso —o trágico, según se mire— es la frase que repiten como si fuera una medalla ganada en batalla:
“Yo sigo a Cristo porque Él me sacó de las drogas… del alcohol… de mi vacío.”
Qué curioso: Dios se convierte en una especie de terapeuta divino, un psicólogo cósmico que debe ganarse su fidelidad con resultados visibles.
Si no sana, si no provee, si no “llena el vacío”, entonces lo cambian como quien cambia de gimnasio. El culto ya no gira alrededor del Creador, sino del cliente.
El hombre moderno es un narcisista espiritual. Un devoto que no adora, sino que negocia.
Yo te doy mi fe… si tú me das mi milagrito.
Yo te canto… si tú me arreglas el corazón roto.
Yo te sigo… si tú me das paz interior.
Una transacción disfrazada de religiosidad.
El problema es que quien se acerca a Dios solo por necesidad, nunca conocerá a Dios: conocerá únicamente su necesidad.
Porque para ellos Dios no es Dios:
es un parche, un ansiolítico de domingo, un rescate temporal.
No lo buscan por ser Creador, sino por ser útil.
Lo más irónico de todo es que estas mismas personas dicen amar a sus padres “porque les dieron la vida”. Se sienten nobles, agradecidos. Casi poéticos.
Pero la gratitud se evapora cuando el Padre es Eterno y no humano.
A Él no lo aman porque da vida, sino porque da alivio.
Y cuando no la da, lo descartan.
¿Dónde quedó el amor desnudo, el que no exige, el que reconoce lo sagrado por su mera existencia?
¿Dónde la humildad que se arrodilla no por recompensa, sino por reverencia?
Quizá el drama espiritual del siglo XXI es ese:
no tenemos creyentes, tenemos consumidores emocionales.
Gente que confunde fe con efecto placebo, espiritualidad con autoestima, Dios con un servicio al cliente.
La verdad incómoda —el veneno suave que pocos quieren probar— es que el hombre sigue adorándose a sí mismo mientras pronuncia el nombre de Dios.
Porque es más fácil sentirse salvado que sentirse pequeño.
Más fácil pedir un milagro que ofrecer silencio.
Más fácil buscar consuelo que buscar verdad.
Seguir a Dios “porque me ayuda” es comprensible.
Pero seguirlo porque Él es…
eso ya exige un corazón que no todos están dispuestos a tener.
















Leave a Reply